
...“Un niño pequeño decidió pintar el cuadro de una casa, a tiempo para el
cumpleaños de su madre. En su mente infantil, la casa estaba ya pintada… sólo
le restaba plasmarla en el papel…
… La pintura está ya terminada… Es una obra de arte, porque todo es muy suyo:
en cada trazo expresa su amor hacia su madre, y cada ventana, cada puerta,
están pintadas con la profunda convicción de que ése es el lugar correcto
para ellas. Incluso pareciendo una parva de heno, es la casa más perfecta que
fuera pintada alguna vez; y es perfecta porque ha puesto en ella todo su
corazón y su alma. Todo su ser está encerrado en esa pintura…
Así es como llegamos a este mundo, sabiendo qué cuadro tenemos que pintar… todo
lo que tenemos que hacer es darle forma material… Pasamos por la vida llenos de
gozo, concentrando nuestra capacidad en el perfeccionamiento de nuestro cuadro…
Ahora, el niño está pintando, atareada y felizmente, cuando alguien llega y le
dice: ¿Por qué no pones una ventana aquí y una puerta allá? Y por supuesto, el
sendero debería ir hacia otro lado...
El resultado de la actitud del niño será una total pérdida de interés en su
trabajo. Si lo continúa, sólo estará poniendo ideas ajenas en el papel… El
dibujo final quizás sea una casa reconocible, pero imperfecta, y un fracaso,
porque es la interpretación de los pensamientos de otro, no del niño. Y
probablemente ya no tenga sentido como regalo de cumpleaños…”

